27/3/09

MARIFÉ


MARIFÉ

- ¿Marifé?
- María Felicidad Caballero de Vega
- ¡Se jugaron tus viejos!
- Psé
- ¿Te molesta hablar de vos?
- bastante, pero si no hay remedio
- ¿Por dónde te gustaría empezar? ...
Llegué a casa más temprano de lo costumbre, pasé por la verdulería, los tomates eran un poema y pensé que una ensalada griega combinaría para un rico pollo al limón. ¡Hace tanto que no me dedico a mi familia!. Estoy demasiado ocupada, la maldita empresa siempre tiene que estar primero. Miguel y los chicos tienen razón de enojarse, cuando llego tan tarde que ni ganas me quedan para escucharlos.
Esta locura tiene que parar y ahora, la nueva de mi viejo, el muy maldito me mandó a terapia, terapia... Solamente a él se le ocurre que la terapia va lograr que me divorcie y me dedique todo el tiempo a él y a la empresa. Bendita empresa. Si no fuese porque es mi viejo, y le debo mi carrera...
- Hola Má
- Llegaste temprano
- Uy torta de chocolate para la merienda.
- Mh ¡Qué rico!
- ¿Qué festejamos?
- Nada, tenía ganas de estar en casa. ¿Cómo les fue en el cole?
- Bien - contestó Julián y Patricio agregó
- Mañana tengo prueba de sociales ¿me ayudás?
- A ver...
Hacía mucho que no me sentía tan feliz. Estudiamos, tomamos la leche, jugamos y los disfruté como nunca.
Cuando llegó Miguel, no lo podía creer. Todo estaba listo, la mesa puesta, los chicos bañados, los deberes hechos y su comida preferida calentita. Cenamos sin televisión, ¡teníamos tanto que contarnos!
Me sentí completa y satisfecha cuando luego de acostar a los nenes; Miguel me sedujo hasta llevarme a la cama, entre arrumacos y masajes.
- Soy feliz
- Yo también, hace mucho que no te dejabas amar, ni te entregabas.
- Sí
- ¿A qué se debe ese cambio?
- Empecé terapia, me obligó papá...
- Así no sirve
- Sí, eso ya lo sé, pero...
- ¿Pero?
- Me ayudó a recordar todo lo lindo que vivimos juntos.
- ¿Te acordás de nuestra luna de miel?
- Ya hace diez años de eso. ¡Qué bien me sentí cuando después de desvestirme y desvestirte dijiste...
- "Esta es la primera noche del resto de nuestras vidas"
- Soy tuya
- Te amo.
El despertador sonó a las seis de la mañana, me levanté, enchufé la cafetera. Preparé el desayuno. Desperté a Pato y a Juli, mientras se cambiaban me puse a pensar que estaban enormes y que yo me estaba perdiendo todas sus evoluciones a causa de ser personal jerárquico en las empresas de mi padre. Si bien el dinero fresco me atraía; no tenía ganas de seguir adelante, ya era demasiado.
A las siete pasó el micro a buscar a los chicos. Miguel no tenía consultorio hasta el mediodía. Volví a la cama. Hoy no salgo.
- ¡Marifé, te dormiste, no llegás!
- No voy, me quedo, no tengo ganas.
- ¿Te pasó algo?
- Sí, estoy podrida.
El asombro de Miguel era total, no entendía nada.
- No me mires con esa cara. ¿Nunca quisiste tirar todo por la ventana?
- Sí, pero ¿y tu vocación?
- La vocación que eligió mi viejo, porque él era publicista y yo única hija.
- Nunca habíamos hablado de esto, ¿querés hacerlo?
Hablamos como amigos. Cuando llegó el mediodía Miguel llamó al consultorio y suspendió todas las citas. Necesitábamos estar juntos. Recuperar el tiempo perdido, redescubrirnos sin malos entendidos, desganos u ocultamientos.
Fuimos a buscar a los chicos a la escuela. No entendían en absoluto pero estaban felices... estamos felices, somos una familia.
- Marifé, contame de tu infancia
- Soy única hija
- eso es una realidad ¿Y tu infancia?
- fui la belleza, la princesa, la nena de papá. Me aburrí bastante, no tuve muchos amigos. No fui a bailar. Siempre estudié. Fui abanderada. Todo diez. A los veinte me fui a París, becada, y conocí a Miguel.
- ¿Quién es Miguel?
- Es todo y todos a la vez. Es el mejor hombre que conocí, por no decir el único; es un amigo, un amante; es quien comprende mis lágrimas y amaina mis furias. Es la persona que elegí como compañero para el resto de mi vida.
Tuve ganas de ir a buscarlo, llegué a las 15:30 a la clínica. Su secretaria me preguntó si tenía hora, no me reconoció, le dije que no y que era urgente, le di mi apellido de soltera. Cuando llegó mi turno y entré al consultorio, a Miguel le dio un ataque de risa. Hicimos el amor, en silencio y mirándonos a los ojos muy fijamente, como cuando éramos novios y no nos queríamos perder ni un gesto del otro.
No entendía mi cambio, estaba pensando en cómo iba a reaccionar su suegro cuando supiera que su hija había faltado al trabajo porque tenía ganas. Se venía una tormenta, peor que la de Santa Rosa.
- ¡Marifé, urgente en mi oficina!
- No vino. Y hace tres días que falta.
- ¿Llamó?
- No
- Comuníquenme con ella- rugió Caballero
- Marifé en línea cuatro
- Gracias
- ¿Qué hacés todavía en tu casa? Cuantas veces te dije que tu vocación está en la empresa y no al lado de ese tipo que te aparta de mí alevosamente y de esos animalitos que tenés como hijos... ¿Cuántas veces?
No respondí. Me limité a colgar el tubo del teléfono y encender el contestador.
- Tengo un problema
- ¿Si?
- Mi padre
- ...
- Él siempre se negó a que me casara y tuviera hijos
- ¿Y tu mamá?
- Nunca la conocí. Papá dice que está muerta, pero en ningún cementerio hay una tumba con su nombre. Yo creo...
- ¿Qué es lo que creés?
- que ella lo abandonó y yo en su lugar también lo hubiera hecho.
- ¿Por qué?
No tenía ganas de hacerlo. Abrí la puerta del despacho y entré. Papá se besaba con su secretaria. Carraspeé. Ella me miró aterrada, él me recriminó mi falta de educación. Presenté mi renuncia indeclinable a todo ese mundo, a esa prisión. No medió entre los dos ni una palabra, sobraban las miradas.
Había tomado la decisión más difícil de mi vida. No lloré, fue raro pero no lloré. Sentí un alivio.
Fui al consultorio de Miguel y le conté mi decisión. Me miró, tomó mi cara entre sus manos y me dijo:
- Bienvenida al mundo de los seres humanos.
- gracias
- Es importante ahora que sepas que lo que viene es difícil pero es tu futuro y vos sos su dueña...
Pasamos una velada agradable a los chicos los veía con otros ojos, eran míos, nuestros, los había llevado en mi vientre... era feliz.
Mañana conversaría con el terapeuta sobre el futuro, ahora sólo quería observar a mi familia... mi elegida familia.
- ¿Cómo te imaginás ahora tu vida?
- Libre, aunque me asuste la libertad, libre.
- ¿Qué te asusta de la libertad?
- El tomar decisiones
- ¿En la empresa las tomabas?
- Sí, pero era todo un bluf; porque aunque yo fuese la gerente general, y tuviese la última palabra, todo ya venía aprobado por mi padre, no era una verdadera decisión con riesgos incluidos.
- Y ahora, ¿cómo te sentís?
- Viva, con mucho tiempo y ganas de disfrutar todo el tiempo perdido, con ganas de no perderme ningún momento de mimos con Miguel, de no perderme a mis hijos.
- Despacio, hay mucho tiempo. Tenés toda la vida por delante.
- El resto de mi vida...
Llegué a casa, en el contestador aullaba mi papá, entre desesperado y prepotente:
- No te entiendo, te di todo. Sos mi hija, mi mejor publicista: Me decepcionás. Pero no pienso quedarme de brazos cruzados, esto no va quedar así. No vas a llegar a ningún lado en la vida con tus caprichos de madre y esposa. Ya me voy a encargar de que te arrepientas. Aparecí por la empresa. El revuelo era general, nunca había pensado que mi renuncia hubiese provocado todo esto. Pero así era, mis compañeros se quejaban; mis subordinados corrían por los pasillos. Y los gritos de mi padre sonaban en todos los rincones.
La agencia nunca había sido un lugar tranquilo, pero tampoco este loquero.
- Recapacitaste.
- No
- ¿A qué viniste entonces?
- A charlar, pero no acá, seguime.
Nunca pensé que tenía poder sobre él. Me obedeció y salimos de ese mundo. Fuimos a una confitería, tranquila, lejos del centro de conflicto, como me había recomendado el terapeuta.
- ¿Qué querés, matarme de un disgusto?
- No, eso es decisión tuya. La muerte siempre fue decisión tuya.
- ¿Qué buscás?
- Saber
- ¿Qué?
- Mamá
No imaginé lo que estaba escuchando, por un lado estaba asombrada de sus lágrimas, por el otro me sentía culpable de haberlo abandonado, era increíble pero en vez de aclararme las ideas me las confundía más. No lo dejé terminar, llamé al mozo, pagué y me fui...
Necesitaba sol, aire, respuestas. ¿Cómo que mi padre no era mi padre? ¿Por qué no me contó antes que me había encontrado en la calle, envuelta en diarios y que un juez le había dado la tenencia? ¿Hubiese muerto de no ser por él? Una puntada en el estómago me volvió a la realidad. Había llegado a casa, no sé cómo, pero estaba sentada en la cama, ahora sí, llorando.
Miguel llamó para comentar que los chicos se iban a dormir a lo de la abuela Anna.
- ¿Qué te pasa?
- Mi papá
- ¿Qué te dijo ahora?
- Que soy adoptada
Llegó en quince minutos, me abrazó y dejó que me calmara en sus brazos. Dijo que el camino a recorrer era complicado pero que no me dejarían sola. Que él y los chicos se encargarían de protegerme. Le pedí que con Patricio y Julián tuviésemos tacto y lo hiciéramos paso a paso, porque estas cosas hacen sufrir.
- Sí, pero digámosle la verdad, te van a ver sufrir, llorar y van pensar que hicieron algo mal. Aclaremos las cosas del vamos y no compliquemos más la situación.
- Como quieras, pero que no sufran ellos también. Mi amor...
- ¿Sí?
- No me dejes
- Nunca
Miguel tomó el control de la situación, no sólo le puso límites telefónicos a papá sino que también le prohibió que me mortificara constantemente. Contrariamente a lo pensado, papá reaccionó bien y por un tiempo dejó de perseguirme y dejarme mensajes insidiosos en el contestador. También se encargó de mi caso en particular ya que mi suegro es abogado y tiene muchos contactos. Tanto se ocupó de mí que el lunes encontré un cartelito en la heladera que decía: “No me esperes a cenar, hay asuntos ineludibles que no pueden esperar más.”
Cuando llegó, me encontró dormida en el sillón, con pato apoyado en las rodillas y Juli abrazado a mi cuello... El flash de la cámara me despertó.
- Esta escena quedará para la posteridad... me tenté - me besó, y después se llevó a los chicos a dormir. Cuando volvió me dio un besito en la punta de la nariz que me hizo acordar a nuestros secretos cuando estábamos de novios.
- Hablamos con Nacho, del juzgado de adopciones.
- ¿Sí?
- Tu mamá murió, pero nunca te abandonó...
- Seguí... – le pedí con los ojos llenos de lágrimas
- Tu papá te robó...
Me estremecí, no quería escuchar más, pero Miguel me obligó a saber toda la verdad.
Mamá estuvo desaparecida cuando estaba embarazada de mí, mi papá también desapareció. Este hombre era un amigo de un alto mando. Cuando mi mamá me tuvo, la mataron y me adoptó él, otro dato, nunca se casó.
- Quiero hablar con usted, es muy urgente.
- Esta tarde a las 17:00 hs.
- gracias
- La espero
Hablé, hable sin parar. La sesión se pasó volando. Hablé, lloré, grité. Me vacié. Y juré no volver hacia atrás, pero él me exigió que no lo haga.
- Necesito tiempo
- Tenés toda la vida.
- ¿Quién soy?
- María Felicidad
- No, ella es ficción... la ficción que inventó ese hombre
- Su padre
- No, ese usurpador no es mi padre
- Marifé, todos nos equivocamos alguna vez, no es bueno tener rencores, por más difícil y más bronca que dé. Piénselo.
- Ya no quiero pensar más.
- Eso tampoco es bueno.
- ¿Y qué es bueno y qué, malo? Es una encrucijada, por momentos creo que lo hizo todo a propósito. Y en otros momentos me siento una desagradecida. También siento que él me dio lo mejor, pero por otro lado lo mejor hubiera sido que me dijese la verdad, pero de chica y no ahora, cuando ya es tarde y el odio se confunde con la culpa y las ganas de llorar no me dejan ni dormir ni estar despierta.
- Son varios duelos, uno es el de la mamá perdida, otro es el del papá verdadero y otro es el de su vida anterior a saber todo esto.
- Uff. Estoy tan agotada que ni siquiera puedo descansar. Y pensar que renuncié con la finalidad de estar en paz y disfrutar con mi familia. ¿Por qué es todo tan complejo?
- En estos casos no es propicio hacerse tantas preguntas que solo llevan a deprimirse más y no verle salida al conflicto. Confiá, de estas cosas se aprende, uno sale enriquecido del peor dolor, uno crece en estas situaciones y aprende dónde se encuentra el límite de su resistencia. Permitite llorar, gritar, enojarte; estás en todo tu derecho, perdiste a tu mamá y a tu papá. Pero también pensá que quizás existe algún familiar que puedas conocer y que te pueda contar tu historia. Permitite confiar en que eso pueda suceder.
No quería hablar más del tema. Antes de ir a casa pasé por la escuela a buscar a mis hijos.
Julián lloraba sentado en la dirección, le había pegado a un compañero porque éste le dijo “Bastardo”.
- No sé qué quiere decir – le dijo entre lágrimas – pero yo me llamo Julián.
No pude explicarle que era bastardo, solo pude abrazarlo fuerte y darle muchos besos.
Esa misma noche decidí escribir un diario, en el que ahora mismo estoy contando esta historia, mi historia.
En un principio creí que el corazón se me iba a escapar del pecho, tenía tanto que armar y empecé.... Ustedes ya saben, no es necesario contarles todo de nuevo. Ya en la séptima página decidí descansar por ese día, ya estaba más aliviada. ¿Comprenden por qué?
Cuando llegó Miguel, bastante tarde, por cierto, los chicos dormían y yo miraba la televisión.
- Tengo novedades
- ¿Sí?
- Viajamos este fin de semana a Punta del Este
- ¿Todos?
- No, los chicos se quedan con mamá.
- ¿Motivo?
- Marifé de Vega ¿La conocés?
- Un poco, pero quiero saber más de ella.
Llegamos a Punta y nos alojamos en el Hotel San Remo, habitación cincuenta. El viento era insoportable y estaba haciendo bastante frío.
Miguel me tomó de las manos y me llevó a recorrer el paraíso de su piel. Me sentí renacer de la angustia, la culpa y la incertidumbre; ser mujer, su mujer, nuevamente; aunque todavía no tenía identidad, sólo recordaba llamarme María... cómo lo hacía él en el momento de más placer... María.
Nos amamos una y otra vez hasta quedar vacíos pero eternos.
- Vamos a dar un paseo – propuso misterioso – quiero que conozcas a una persona.
- Vamos
- ¿No te da curiosidad saber de qué se trata?
Mi mirada era más de miedo que de curiosidad, se dio cuenta y no preguntó más. Me dejé llevar de la mano hasta una paqueta casa de José Ignacio. Tocamos el timbre y salió una señora, dijo llamarse María y nos invitó a pasar.
Miraba una y otra vez su cara, sus manos, su cabello entrecano, sus rulos, sus ojos grises y esa sonrisa plena e inalterable. Creí que me estaba mirando en un espejo y que él me mostraba dentro de unos diez años. Se me borraba la visión.
- ¿Quién sos? – le pregunté cuando me agarró de las manos.
- Soy tu abuela.
La abracé. Lloré. Lloramos las dos
- Gracias mi amor – le dije a mi esposo mientras volvíamos del viaje- Me devolviste mi historia. Me ayudaste a encontrarme. Gracias.
- No hay nada que agradecer, te amo y es lo único que cuenta
Pasaron los meses y mi historia se fue completando, nuestros hijos conocieron a su bisabuela. Veraneamos en José Ignacio. Vino a Buenos Aires. Y no nos separamos más.
- ¿Marifé?
- María Felicidad Rodríguez Acosta
- ¿De Vega?
- Sí. De Vega – Sonreí plenamente.

Edith Tessari de Méndez (2004)

1 comentario:

maria dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.